martes, 23 de abril de 2013

Una gorra vietnamita en Madrid

¡Ah Rodín, heso hera el harte!
Extraído de “Último Round”, de Julio Cortazar

¿Cómo ha llegado hasta su cabeza? Si ella lo sabe, no me lo ha querido decir o no le da importancia. Sólo que es una gorra original de allí, de Vietnam, venida de Hanoi hace cuarenta años ya y que fue propiedad de un guerrillero norvietnamita, que luchó y tal vez fuera muerto en batalla: esa gorra no era parte del complemento del uniforme del ejército de aquel país de entonces, no me consta, dice, y por eso no hay otra igual en todo Madrid. Que ella, dice, no la lleva puesta por simple estética, ni tampoco por ideología ni como símbolo de una forma de protesta íntima contra modas impuestas, se la pone por simple capricho, porque le da la gana, porque el olor de la selva no se le quita. De un tejido basto verde comunista, sobre la visera una estrella de un rojo vivo, cosida con puntadas desiguales, recuerda la condición humilde de combatiente de su primer propietario, un campesino pobre que se enroló en el ejército popular, dice, en la guerrilla. Y yo le pregunto que por qué sabe que era un campesino, por qué asegura que el primer dueño de esa gorra se hizo soldado y luchó contra el Sur, contra América. Lo sé, dice y calla un instante, me mira...

Estamos en el bar del gran templo del arte y aquí todo es posible: Yo soy posible, mírame, debajo de esta gorra soy una mujer que te quiere seducir. No le des importancia al “charlie” que piensas que llevo dentro y que te asusta.
Pero no es la estrella roja de la gorra calada más allá de la coquetería, son sus ojos rasgados, ensombreciéndolos la visera, que lanzan una mirada acerada, demasiado brillante y demasiado limpia, que atraviesa los objetos como si intentara seccionar la intimidad de su pureza.
Digo: Tienes los mismos ojos que un lobo, de ese verde bosque propio de esos animales salvajes.
Dice (sin escucharme): A este lado del arte deseo poseerte. Luego te tiraré al olvido, dejaré que sigas leyendo ese libro que has comprado, que tu vida se desagüe por las sentinas de la cotidianeidad.
Digo: Una loba dominante, pretendes ser. Tal vez por eso te muestras antipática y me hablas duro, como si más que querer seducirme intentaras reprocharme algo que no eres capaz de expulsar.
Dice: Me he enamorado de ti en la segunda planta de este museo, mientras te aislabas de todo lo demás como si no hubiera más colores en el mundo que los de ese cuadro de Matisse. Me has dado envidia y, en vez de combatirla con ese reproche que dices, la pasión me ha desbordado: no puedo evitarte, necesito tenerte. Por eso he seguido tu rastro por las otras galerías del museo que has recorrido sin interés, porque sólo tenías ese maldito cuadro en tu cabeza, esa felicidad fauvista invadiendo tu piel.
Dice: Y cuando en ese íntimo instante que me has mirado en la librería sin verme, ¡claro, cómo ibas a tener curiosidad por una mujer cubierta con una gorra de un guerrillero norvietnamita!, me he contaminado con ese pedacito de arte que te ha iluminado esta estúpida tarde de sábado.
Digo: Tú puedes contemplar y sentir toda esa fuerza de belleza y verdad y armonía en lo más hondo y primitivo de tu mirada.

Dice: Y un hombre estúpido: me he enamorado de un cursi estúpido que me tira piropos intelectuales: ¿por qué no recurres a mis pechos turgentes, por qué no mencionas mis nalgas, en vez de la belleza y la verdad del arte? Y miedoso: me ha seducido un tipo al que le doy pavor: temes que te devore el lobo.
Dice: Pero te quiero, te deseo con toda mi carne.
Dice: Tengo tanta hambre de ser tu hembra esta tarde..., y tal vez nos amemos durante toda la noche, quizá no te deje que te ausentes de mi vida hasta mañana...

El deseo de ella me llega como un relámpago. Por primera vez la imagino desnuda, siento el calor de su cuerpo junto al mío, su respiración agitada, sus palabras, su aroma de hembra...
Dice: es hermoso lo que imaginas.
Digo: no quiero quererte. Cuando te vayas, me dejarás queriéndote y eso no está bien.
Digo: No sabré expulsarte de mí. Soy un simple, un vulgar “lobillo” de manada, nada más.
Dice: No podrás evitarlo. Por eso tendrás que dejar de quererme de afuera hacia dentro. Es doloroso, pero es lo mejor. Tendrás que ir metiéndome cada vez más dentro de ti, iré haciéndome pequeñita. Pasado un tiempo apenas seré visible en tu recuerdo, pero permaneceré allí, en un rincón oscurecido de la cueva de tu intimidad, siempre, minúscula, apenas nada: esta tarde, esta luz de sábado, será una estrellita roja, como esta gotita de sangre de la revolución de mi gorra.
Digo: ese cuadro de Matisse...

jueves, 28 de febrero de 2013

La mujer extraterrestre más hermosa de la Tierra

1

Yo soy un hombre muy guapo. Pero no tengo esa belleza pura, inocente, propia de los ángeles. Es dura, viril, diabólica. Soy ese tipo de guapo peligroso que vuelve locas a las mujeres y a los homosexuales. Además mido ciento ochenta y seis centímetros y conservo un cuerpo delgado de endurecidos músculos. No aparento los treinta y cinco años y no gasto gafas ni lentillas, por lo que mis ojos medio verdes medio grises se muestran rabiosamente brillantes y expresivos en equilibrado contraste con mi cabello negro algo ondulado, sin una sola cana. Visto con elegante y cara ropa, siempre en tonos oscuros para realzar más la figura.
 
Si yo me gusto con locura, incluso ahora que estoy atormentado con lo de la oreja, qué decir del éxito que tengo con «ellas»; simplemente les encanto. No tengo nada más que señalar a una de entre la multitud con el dedo. Ella se rinde dispuesta a disfrutarme hasta que yo me harte; cuando ya no la aguanto, cuando empiezo a verle defectos por todas partes (alguna verruga con hebra o cualquier otra cosa) la arrojo con desprecio al pozo de mis desencantos: es imposible contar las que se rebullen allí dentro, en ese abismo de mi existencia: las hay de todo tipo y colores, unas casi niñas y otras a las que ya se les ha retirado el periodo. Allí abajo chillan y se revuelven inquietas pidiendo otro ratito de amor.
 
En todas ellas (en los homosexuales también) mi virilidad –¡qué voz tengo!– les despierta los instintos más bajos y perversos. Conmigo hacen lo que ni en pensamientos se atreven con sus parejas: algunas no habían succionado un falo, por ejemplo, hasta que abrieron con manos temblorosas e impacientes mi bragueta y se encontraron con esa réplica de mí mismo que tengo ahí abajo: «¡huy, qué grande!»

Yo les ofrezco la posibilidad de que sexualmente se comporten como les dé la gana, sin obstáculos morales y sin complejos: por primera vez en su vida saborean la deliciosa carne de un hombre que las hace gozar. Ellas así me lo dicen, con palabras libidinosas, con sinceros jadeos, chillando unos orgasmos que recordarán a menudo y durante mucho tiempo orgullosas y humedecidas. Son mujeres que piden que un hombre guapísimo les haga el amor a la carta y que no les exija nada a cambio. Y todo ello yo se lo doy gracias a mi belleza y dotes masculinas que no se parecen en nada a las de los ángeles. Poseo una belleza y una virilidad que les dan libertad. Ya, desde muy jovencito las atraía mi presencia: dentro de ellas se agitaba algo que les hacía sentirse muy bien: «es guapo como un demonio, el cabrón».
 
2

Pero de toda esa perfección hay algo que rompe el ritmo, algo que me tiene muy preocupado. No es que haya perdido las cualidades seductoras, no, no, no, mis prácticas sexuales no se han visto alteradas para nada: sólo tengo que levantar el dedo y señalar a alguien de entre la multitud. Tuvo que ser un homosexual, precisamente, quien me metiera en la cabeza la aprensión que me hace sentir tan mal: Ni me había percatado de su presencia, pero él me deseaba desde un rincón del bar de Jose desde hacía rato, se relamía goloso mirándome, se le notaba una enorme erección –según me contó el camarero una vez que ese individuo se largó de allí llorando, cubriéndose con un pañuelo ensangrentado el chirlo que yo le había hecho con la navaja en la mejilla izquierda–. Interpretó como seña dirigida a él –parece ser que los homosexuales tienen un código muy rico para estas cosas– el gesto involuntario que yo hice con la mano (me molestó que Jose me preguntara después, en un tono muy confidencial, si yo era maricón también, es decir bisexual): creyó que sus miradas me habían seducido y voló hacia mí cuando consideró como un sí eso que yo hice con la mano. El tipo iba derecho al asunto, no se lo pensó nada y descarado empezó a toquetearme por las ingles…
Saqué la navaja y le rajé la cara.
 
Y entonces fue cuando me soltó lo de la oreja.
 —¡Desorejado!
Nadie se atrevió a reir porque yo tenía la navaja abierta en la mano, manchada la hoja con unos hilillos de sangre y soltando destellos como una estrella bajo las focos del local de Jose.

3

No soporto lo de la oreja derecha. Sé que me afea, que ensombrece mi físico. No me falta entera, solamente el lóbulo. Pero es suficiente como para que me tenga en vilo. ¿Cómo me verá la mujer que debajo de mí se estremece? ¿Pensará en algún momento que qué lastima, que yo sería del todo perfecto si no fuera por eso de la oreja?
 
Creo que pierdo bastante el atractivo por el perfil derecho.
 
Además parece que todo el mundo se fija ahora, más que en el extraordinario «todo» que soy yo, en esto otro que podríamos llamar fatal mutilación: son incontables los que me escudriñan la oreja. Por decir uno de tantos que se ha interesado de forma generosa, está el taxista, un tipo que no me perdió ojo durante el trayecto de la carrera. Yo le veía cómo me observaba en silencio por el espejo retrovisor, cómo era incapaz de quitar sus ojos de mi oreja: miraba más hacia atrás que hacia adelante. Me puso tan nervioso que no pude soportarlo más cuando, en el momento justo de pagarle, me preguntó:
 —¿Qué le pasó en la oreja, jefe?
Saqué la navaja y le destrocé los asientos traseros.
 —La próxima vez te rajo a ti, hijoputa.

4
 
Yo fui mordido en la oreja derecha por la mujer extraterrestre más hermosa de la Tierra.
He contado esta historia antes, un par de veces, pero no me creyeron. Jose dijo que iba a pedir daños y perjuicios a la casa de licores que le habían distribuido whisky en mal estado y que tan mal me sentaba a mí. Yo sólo humildemente puedo defender que es cierto.
 
Además no tiene por qué ser tan extraño todo este asunto. Es normal que un hombre sea mordido por una mujer. Que ella es extraterrestre…, bueno…, existen, el mundo está lleno de mujeres de otro mundo.

La mujer extraterrestre trabajaba en un circo que recorre Europa. No sé aún sigue allí.

La única noticia que he tenido fue hace unos días cuando, estremecido de miedo, me reencontré con su rostro en una fotografía que ilustraba la primera plana de un periódico: había habido un accidente aéreo por la zona de La India: la foto en blanco y negro mostraba un paraje brutalmente arrasado, sembrado de hierros retorcidos y pedazos de cadáveres achicharrados. Había que fijarse bien para ver, en un segundo plano, medio escondida entre unos árboles, la figura entera de una mujer, rebosante de vitalidad: la conocí por su sonrisa carnicera. No me cabe ninguna duda de que ella provocó el accidente. Y quiso salir luego en la foto por pura coquetería. Leí con interés por ver si en algún momento de la información habían puesto que algunas víctimas aparecían con las orejas cercenadas o mordidas o, simplemente, sin orejas. Pero no ponía nada de eso. Se conoce que el redactor interpretaba la magnitud del trágico accidente desde otra perspectiva. Pero cuanto más miraba la fotografía más seguro estaba yo de que ese personaje borroso que me miraba era ella, haciéndome retroceder amargamente en el tiempo, a los infortunados días de mi viaje a París:

5

Estaba acabándose el otoño y yo estaba en París.

Me había llamado la atención que el recepcionista de mi hotel me entregara un papel del tamaño de una holandesa en el que se reproducía en fotocopia el dibujo de la carpa de un circo y sobre él la frase impresa en grandes caracteres que decía: Ne pas oublier de voir dans le Grand Cirque des Étoiles l´extraordinaire spectacle de l´unique femme extraterrestre vivante dans la terre. Aunque eso es falso, por supuesto, los del circo mentían descaradamente: todo el mundo sabe que hay miles de mujeres extraterrestres vivas repartidas por la tierra. Evidentemente en los arrabales de París donde levantaron la carpa ese detalle al público le pasa desapercibido.

Decidí ir verla.

Se enseñaba, nada más. Para exponerla, habían habilitado una carpita plantada junto a las caravanas de los artistas. Ella estaba metida en una especie de pecera, sin hacer nada especial: unas veces se entretenía leyendo una revista del corazón, otras tomándose una cocacola y las más dejaba pasar el tiempo viendo la televisión, siempre tumbada en un cómodo sofá de cuero color beige. Ni siquiera estaba desnuda. De vez en cuando se arrascaba sin pudor debajo de un pecho.
 
—Me gustan los aviones comerciales y los  hombres deseados por los homosexuales —dijo en un perfecto castellano nada más verme cruzar el arco de la puerta iluminado con bombillas de colores y que daba paso a la carpa. Allí dentro solamente se encontraban ella y un individuo vestido con una casaca roja con grandes charreteras de flecos dorados, su cuidador.
 
Era la extraterrestre más hermosa que yo había visto en mi vida. De color blanco de entre veinticinco y treinta años, de ciento ochenta centímetros de altura, de larga melena ceniza, de ojos violetas y de sonrisa carnosa. Estaba espléndida. Vestía pantalones tejanos muy ceñidos, una camiseta blanca de algodón y, echada sobre los hombros sin meter los brazos por las mangas, una chaqueta de cuero crudo. Si se miraba bien se descubría que no llevaba sujetador, pero sus pechos se adivinaban muy firmes, no se le descolgaban nada aun teniendo un hermoso tamaño.
 
No creía que iba a hablarme tan pronto, y menos en mi idioma, y eso me desconcertó.
 
Pensé que hablar de aviones era propio de los extraterrestres, que usaban este tipo de comentarios para romper el hielo de la conversación; pero el que hiciera alusión a ese natural que tengo yo para atraer a los homosexuales era algo impropio.
 —Tú qué opinas de eso
 —No podría decirle, señora… No soy marica.
 —No, de los aviones digo.
 —…………………………………………………………………………………………………..
 —La gente se muere volando, ¡qué lindo! -dijo.
 —Hombre, visto así no está mal —dije yo, por decir algo en esa conversación absurda.
Su cuidador se apartó unos metros, discretamente, posiblemente aleccionado por ella.
 —Debes experimentarlo. Pero ahora es necesario que nos escapemos de aquí y me lleves muy deprisa a tu hotel. Necesito probarte.
 —¿Y ése?
 — Él sabe cuando no debe mirar hacia aquí…
 
Recorrimos las calles de París en un taxi hablando de catástrofes aéreas. Parecía obsesionada con ese tema. Ella sonreía con dientes que yo ni nadie podíamos imaginar que estuvieran tan afilados, miraba por la ventanilla las nubes y los vanos azules que dejaban éstas en el cielo parisino. «Me encanta el cielo», dijo. Hablaba de lo hermosa que era la muerte venida de allí arriba. A mí no me importaban esas palabras lúgubres porque me entretenía ideando por dónde empezaría a hacerle el amor a la primera mujer extraterrestre de mi vida, tan apetitosa. No podía evitar la erección. Éramos dos hermosos cuerpos que íbamos en busca del plácer más exquisito.

6
 
—Ahora relájate! Vas a vivir la mejor experiencia de tu vida. No será como en un avión, pero se parecerá —me dijo frente a la gran cama.

Duró todo tan poco después de desnudarnos…:
Me abrazó, con deliciosa suavidad me cogió el pene y empezó a menearlo con maestría unos segundos. No se sorprendió por su tamaño y eso me hirió un poco el orgullo; pero como era una mujer extraterrestre…, en esos momentos lo que más deseaba es que sus besos bajaran hasta mi glande. Pero no, sus labios buscaron mi oreja derecha: jugueteó un poco con la lengua y luego me dio el mordisco y me arrancó de cuajo el lóbulo. A veces creo recordar que los testículos me los estaba manoseando con extrema dulzura en ese terrible instante, pero no estoy muy seguro de ello. Así fue, tan sencillo y tan corto como eso, no invento nada. He de confesar con tristeza que por primera vez en mi vida no eyaculé.

7

La navaja me ayudó a ahuyentarla. Para evitar mis embestidas, ella saltaba hacia atrás ágil como una pantera, totalmente desnuda respingándole sus redondos y perfectos pechos, riéndose a carcajadas con su hermosísima boca, chorreando mi sangre por las comisuras, masticando mi lóbulo.
 —¿Te volverás en avión a tu casa, cariño? —me preguntó a modo de despedida, mientras yo intentaba cortar la hemorragia apretando la herida con una toalla del baño envuelta en una mano y con la navaja en la otra.

8

La recepcionista de la agencia de viajes me hizo un mohín mimoso. Pero yo no estaba, quizás por primera vez en mis hermosos años de existencia, para eso. Vi que en un expositor habían dejado una pila de folletos del circo anunciando la gran novedad de la temporada. Me dolía la oreja. Conseguí con una sonrisa extra que el billete de vuelta del avión me lo canjeara por uno de tren. Yo no quería encontrarme a la mujer extraterrestre más hermosa de la tierra volando en el mismo avión que yo.

Cuando, hace unos días, vi la fotografía del periódico donde se me aparecía supe que todavía me estaba aguardando, que lo haría siempre (¿cuántos años viven las mujeres
extraterrestes?), con toda seguridad comiendo lóbulos de orejas de otros.

Es hermosísima. Su belleza tampoco es como la de un ángel. Por supuesto que viene de un lejano mundo donde los ángeles no existen.



Autor: Mariano García.
Todos los derechos reservados
 

jueves, 31 de enero de 2013

Cigarrillos, whisky y una mujer salvaje

1  

La noticia vino publicada en un recuadro pequeño en la sección de local del periódico, justo encima del anuncio de un perfume de mujer. La publicidad era poco atractiva, con un diseño tosco, en blanco y negro; la belleza de la modelo, que sostenía un minúsculo frasco sobre la palma de una mano mientras se esforzaba por sonreir, se esfumaba por la trama del papel prensa, y eso le hacía perder la fascinación. Me defraudó.
 –Jose, en la prensa no se deberían anunciar los perfumes.
–Si tú lo dices…
 Y la noticia no decía la verdad. La verdad sólo la sabía una mujer negra que estaba en el otro andén en el momento del accidente, justo enfrente mío. El periódico contaba el suceso como si hubiera ocurrido muy lejos, como si no correspondiera a este lugar: no había coherencia en la información, parecía como si el redactor hubiera metido los datos en una coctelera llena de hielo y, después de agitarla bien, hubiera derramado el contenido sobre la pantalla del ordenador sin revisar lo que allí había salido. Informaba sobre el arrollamiento por un tren y la muerte rigurosamente necesaria de un hombre de mediana edad, no especificando si éste se había arrojado a las vías o se había caído o le habían empujado; es evidente que no podía saberlo, pero podía haber jugado con su imaginación, plantear al lector el dilema de un tipo que espera el tren y, de pronto, ¡zas!, todo se acaba, la disyuntiva del último viaje, si el último de la vida o el primero de la muerte.

Era una noticia corta, insignificante, un suelto en mitad del océano de palabras del periódico, justo encima del anuncio del perfume. Daba la sensación de que la información que le precedía en la columna se había quedado coja y tuvieron que rellenar el resto con la primera noticia de recurso que encontraron. No había pasión ahí, era pura rutina de un periodista aburrido que estaba harto de leer teletipos: era el conciso informe que redacta la Policía y que luego envía a las agencias. No había humanidad, ni siquiera profesionalidad, en ese trozo de columna: si al menos hubieran publicado que había sido el tren de Lisboa…, o que era el declinar de la tarde (límpísima, por cierto) hacia una noche que se prometía llena de sugerencias y que no sería, precisamente, la noche donde violentamente el muerto había entrado y de la que no saldría jamás; si hubiesen descrito –No importa si a vuela pluma– las caras de estupor que se nos pusieron a los que allí esperábamos o del ataque de nervios que sufrió la vendedora de helados… Pero nada, sólo el atropello y su trágica consecuencia, ni siquiera como había partido el cuerpo en dos la máquina y había arrastrado una de las partes dejando sanguinolentos despojos pegados en las traviesas de la vía durante unos doscientos metros. «Un hombre muere en el acto arrollado por un tren de largo de recorrido sin parada en el apeadero…»

Era patética la noticia del periódico. Era patético el anuncio del perfume. ¿No hubiera sido mejor escribir: «El Talgo de Lisboa mata a un hombre al atardecer cuando éste intentaba cruzar la vía»? Porque ese insensato lo que estaba haciendo era cruzar la vía sin mirar, ciego porque sus ojos estaban en el otro andén. Se lanzó al vacío de los raíles y la muerte se le echó encima metamorfoseada en un poténtisimo tren, sugerente y cargado de la luz y la sensualidad de Lisboa… Eso es lo que tenía que venir escrito en el periódico y no esa frialdad en la redacción, esa neutralidad a la hora de contar el suceso. ¡Vaya periódico! ¿No hubiera sido mejor no publicar el anuncio?
 –¡Otro whisky, Jose!
 –¡Hecho!

Jose, ¿qué opinará él de estas cosas?, ahí está sirviéndonos con esa diligencia sumisa del que lleva cuarenta años detrás de la misma barra…
 –¿Qué opinas tú, Jose, del atropello del tren?
 –Son cosas que pasan. Le llegó la hora y no tuvo tiempo ni de despedirse, el hombre…
 «Son cosas que pasan…». Y esa expresión, tan ambigua, contiene el calor de la buena información: «…no tuvo tiempo ni de despedirse, el hombre», y ahí está el dolor que no supo captar el periodista.
–Yo estaba allí, a su lado, cuando se precipitó al vacío de la mujer negra. Yo tampoco vi que llegara el tren, es como si hubiera surgido de la nada.
–«Post morten nihil est ipsaque mors nihil»* (tras la muerte no hay nada, y la muerte no es nada», que diría Séneca. Yo digo sólo que la muerte viene de la nada –sentencia Jose–.
–A lo mejor la muerte no era una locomotora…, que digo yo -y bebo un trago largo, porque sé que Jose me hablará como un viejo filósofo durante mucho tiempo…
 
Le digo al veterano camarero que había una mujer en el otro andén, justo enfrente mío.
–¡Ay!, que ese hombre murió cuando más necesitaba vivir –dice.
–Crueldades, crueldades, y ese periódico no ha sabido contarlo.

Le digo que la mujer negra llegó cuando yo ya estaba  esperando mi tren. Que estabábamos sentados en los incómodos asientos metálicos en sentido contrario el uno del otro, que ella se iría y yo no la volvería a ver, porque yo no iba a cruzar las vías y coger todo aquello que me daba… Que era una mujer espectacular… Una actriz de anuncios de perfumes. Ella no buscaba al otro. El tren de Lisboa tampoco…
–Espera un momento, ahora vengo, voy a atender a aquél…
- …………………………………………………………………………………………

Jose camina con parsimonia detrás de su barra, coge una botella sin mirarla, coge una copa sin mirarla y escancia sin mirar: se deja guiar por el chorro del licor murmurando en el vidrio, esa cantinela del alcohol que tan bien él conoce… Regresa respetuoso, no sin antes pasar la bayeta por el mostrador y secar un charquito de cerveza que quedó sobre el brillo del mármol…
–Entonces ella, que era una tiaza negra como he visto pocas (unas ancas como una potranca), vestida con un vestido rojo de mucho vuelo en la falda, va y se sienta justo enfrente mío y se abre de piernas.
–Las mujeres negras tienen un aroma especial. ¿Has disfrutado alguna vez de una mujer de color?– Jose me confunde una vez más:
–Yo una vez me enamoré de una clienta y tuve problemas para no abandonar a mi esposa, tan ciego estuve por ella. Hablaba de Kant y leía poesía de César Vallejo. Era una mujer muy inteligente, tenía unas piernas como las de tu negra. Hacíamos el amor ahí detrás y siempre era respetuosa conmigo…, ya sabes… Hubiera pasado un tren encima nuestro y no me hubiera enterado… ¿Me das un cigarrillo de los tuyos?
Me excitó tanto, le digo, que me inmovilizó en ese banco rojo del apeadero. No podía dejar de mirar su entrepierna, su enorme coño, tan negro y tan rizado. Ella, descarada, abría tanto los muslos incitándome, ofreciéndomelo todo, que me paralizó.
–Se conoce que no tenías la hora.
–Me eyaculé encima, como un niño que se mea… ¡Qué imbecil! Lo achaqué a que había tenido una mala tarde en el trabajo…
Tampoco, le digo, me hubiera dado tiempo el otro tipo: ese sí que se lanzó, y eso que ella no le miraba a él. Saltó el muy necio…
–¡Saltó!  –dice Jose.

2

A lo lejos, detrás de los cristales del bar de Jose se oye pasar un tren, un larguísimo tren de mercancias que cruza la noche. Lento y ruidoso, se oye su paso de animal nocturno camino de la negrura de la noche… Imagino la luz del faro de su vagón de cola, parpadeante, alejándose, un diminuto punto rojo de un tren que no se ve. La noche. El olor de la noche. Y a este lado del bar, Jose va y viene, con cadenciosa armonía, como una música suave y vieja que se desliza por las mesas, por los vasos y por las botellas, que me acaricia los labios en los lentísimos sorbos de whisky, este whisky que me salva otra noche más.
–¿Y la negra se fue?
–No lo sé, Jose, no lo sé…, no puedo dejar de pensar en ella.
–Vendrá -y expulsa una voluta de humo…
–¡Otro whisky, Jose!
Va y viene por su bar, es un gran ser humano, este viejo camarero, este viejo que no sabe hacer otra cosa que servir copas y copas…, y fumarse los cigarrillos de los clientes.
–¿Y tuviste mucho tiempo rollo con la negrita esa?
–Una tarde se fue y no ha vuelto. Llegó más hermosa que nunca, se tomó un whisky de la misma marca que el tuyo, se fumó un cigarrillo como éste y se largó… Sin despedirse, sin levantarme la mano agitándola en un adios esperanzador al salir por la puerta, sin girarse siquiera para mirarme. Tuve consciencia de que no la volvería a ver. Entonces cerré el bar y empecé a beberme el resto del whisky que quedaba en la botella; cuando se acabó ésa, cogí otra, me fui a la máquina del tabaco, la abrí y fumé emborrachándome hasta dormirme en mitad del triste y sucio suelo del bar: fue largo y doloroso, dos cajetillas de tabaco, así de seguido, duran mucho…
–¿Así, sin más…?
–Amanecí reventándome la cabeza…, cuando el sol espejeaba en los cristales. Pero no sé si fue él el que me despertó o porque desde el pesado sueño me sentí observado por los primeros clientes de la mañana, que no se atrevían a llamar…, a preguntar qué me pasaba. Si no está la puerta abierta no entra ni uno…
–Lógico, Jose, lógico… El cliente es respetuoso cuando hay una cerradura echada…
–Lo único que había entrado había sido un sobre marrón por debajo de la puerta. Un sobre que olía a ella. Tuve un fulgor de esperanza, ¡qué imbécil!
–¿Qué decía, Jose?
–«Volveré un día», decía: y yo me lo creí, pero hasta hoy, que la espero sabiendo que no va a venir. Ya casi no miro hacia la puerta, pero sigo pensando en ella, tan excitante con aquel vestido rojo que se ponía cuando quería guerra.
Dice «guerra» como si hablara de la batalla. El sexo, la guerra del sexo, el campo de batalla de un hombre y una mujer que se desean y se devoran en la trastienda de un bar: un hombre honrado pierde la cabeza por un vestido rojo. Fuma y bebe whisky como un loco, esperando, siempre esperando.
El tren pasó hace tiempo. Vendrá otro. Tú sabes que vendrá otro. Es un anuncio de un perfume delicado y carísimo, una joya líquida, una gota que te transporta al paraíso o te hace bajar al infierno donde te consumirás eternamente en el fuego que ha encendido ese demonio que eres tú y nadie más que tú.
–Jose, me enamoré de una mujer que estaba al otro lado de la vía y me llamaba.
–Y el Talgo de Lisboa se interpuso en vuestro camino.
–No, Jose, el hijoputa que se tiró a los raíles…


3

Cuando voy borracho, pero aún soy consciente de lo que hago, camino muy despacio hacia casa, mirando todo lo que sucede a mi alrededor, pensando en anuncios de perfumes. Enciendo un cigarrillo detrás de otro, casi enciendo uno con la brasa del otro. Paseo la noche camino de casa sabiendo dónde voy, sabiendo lo que allí hay…
Cuando llegue, encenderé la televisión esperando que emitan anuncios de perfumes. Jose es mi amigo, e invento historias que él contempla desde el otro lado de su barra. Me gusta que me vea en mis ensueños.

Imagino a una de las mujeres de los anuncios de la televisión, yo con ella y Jose mirándonos como un espectador especial. Estoy obsesionado con los anuncios de perfumes, con las mujeres que ahí aparecen. Ahora no es época de ellos. Me entristece que sólo pueda recrear mis sueños en los escasos publicados en el periódico o en algunas revistas ilustradas.

Y bebo whisky y fumo tanto por eso, para olvidar mi soledad sin anuncios de perfumes, sin esas mujeres que son mis mujeres.

Sólo una vez pude ver uno donde salía una mujer negra, en estado puro, salvaje. Intento recordar qué firma había creado esa obra de arte, pero se me ha olvidado; sólo recuerdo la cara y el cuerpo de la negra, desnuda en una selva de ensueño: quiero imaginar que tenía un cierto parecido con la mujer del andén. Jose asiente desde una esquina de mi imaginación, ésa en la que a él le gusta ponerse para observarme, envuelto entre una especie de neblina, casi difuminado, pero siempre presente.

Abro la puerta de mi casa y hay un sobre marrón cerrado a mis pies. Lo huelo y huele a un perfume que no soy capaz de describir…



*.-
«Post morten nihil est ipsaque mors nihil»: Séneca escribió esta sentencia en la obra Las Troyanas. El autor de este relato no extrae por boca de su personaje Jose la cita de dicha obra, ya que no ha tenido la oportunidad de leerla en Latín, sino en el libro de Jorge Semprún «Viviré con tu nombre, morirás con el mío» (2001), que a su vez recurre a ella en una de las reflexiones más interesantes sobre la muerte escritas en los últimos años.
 
 
Autor: MARIANO GARCÍA. 2008. Todos los derechos reservados

 







martes, 15 de enero de 2013

Rita Altolaguirre

(Relato medio erótico)


Dedicado a Diego Mirallas Jiménez,
historiador, abogado y nuevo poeta.
Porque este relato bien podría haber sido tema
de alguna de nuestras conversaciones tomando una copa
 

El día 9 de abril Rita Altolaguirre empezó a odiar a su marido, Virgilio García, hasta desearle la muerte. No sentía remordimientos por ese repentino encono hacia su esposo, cuyo comportamiento había sido el de un hombre prudente (… amante a su manera), que no se había entrometido en sus intimidades femeninas a lo largo de todo el tiempo que llevaban juntos. Hasta ese día se habían respetado mutuamente, cumpliendo a rajatabla el contrato del matrimonio, dejándose llevar por el cauce suave de una rutina placentera, sin discusiones graves ni otras espinas, siempre preocupados porque su patrimonio no sufriera los desarreglos de una mala administración (él estaba convencido que formaban un perfecto matrimonio feliz, asegurando a quien quisiera escucharle que esa dicha hincaba sus raíces en el mucho dinero que durante los últimos veinte años él y solo él había amasado céntimo a céntimo, verdadero abono y sustento de su relación con Rita).

Veinte años que acabarían el 9 de abril.

Durante estas dos décadas, ella se había adaptado a las exigencias de Virgilio García sin esfuerzo, llena de gratitud las más de las veces, porque su inteligencia natural de mujer espléndida se mantenía en un dulce letargo, sólo recreando su imaginación una y otra vez en el recuento de todas sus posesiones: tenía todo cuanto necesitaba (desde el mejor coche, a las bragas de encaje más sugerentes), podía permitirse los lujos más caros, comer lo más exquisito que vendiesen en los clubs del gourmet (gastarse tantísimo por una latita de caviar de beluga –dos cucharaditas y ya está de esas bolitas grises y salpresas– era un verdadero plácer), hasta los vicios más exóticos lograba con una carantoña, un lentísimo movimiento de pestañas o dejando escapar un beso al aire después de poner los labios de tal forma que la zona inguinal de Virgilio se resentía hasta el deseo poderoso de dejarlo todo y poseerla allí mismo, como un animal encelado. Ella fingía ser tan feliz que él cayó como un inocente en la trampa invisible de la ingenuidad: se había convertido en un muñequito «de negocios», «blandito como si fuera todo de algodón», un marido confiado porque, aseguraba a quien quisiera ecucharle, su mujer no deseaba a más hombre que él («el dinero es el dinero», decía).

En cuanto a su riqueza espiritual, Rita Altolaguirre era tan superficial como su marido: sin ambiciones intelectuales, no participaba –y mira que se lo habían aconsejado sus amigas más íntimas– en eventos culturales propios de «gente rica». («¿Qué te cuesta ponerte un día un traje de chaqueta y acercarte a la inauguración de una exposición de pintura en la reputadísima galería HC., por decir alguna, que vende los cuadros por encima del millón? Allí sólo tienes que mirar fijamente un lienzo, durante dos minutos, cuando el pintor esté cerca de ti y luego sueltas en voz alta lo primero que se te ocurra. Tu opinión será respetadísima: todo el mundo entiende de arte, y si lo dices tú que tienes dinero, más).

Rita se jactaba de no haber leído ni un solo libro, pero no podía reprimir la curiosidad de saber qué iba a pasar en el próximo capítulo de la telenovela, la que comenzaba a las cuatro menos cuarto de la tarde, y no había día que dejara de interesarse por lo que escupían los programas de las dieciocho horas: ¡Ay, los reality schows cuánto le gustaban! Le aburría leer los textos de las revistas rosas, pero sí mirar las miriadas de fotos de artistas, famosos y buscavidas que pululan por esas páginas de couché. No podía evitar recrearse en las peripecias y vivencias de esos personajes que tienen la sagacidad de no ser nada, pero irradian un encanto y un «glamour» que la dejaban embrujada («¡cómo debe follar este muchacho!», pensaba de un futbolista rubito, peinado con coleta unas veces y el pelo rapado otras, y decorado con muchos tatuajes salteados por brazos, piernas, torso y cuello).

Pero lo que más le gustaba era acudir a los cócteles, meriendas-cenas y otras fiestas nocturnas que muchos, muchísimos amigos de nuevo cuño ofrecían en su chalés o en salones de hoteles de lujo, especialmente interesados con la presencia del matrimonio García-Altolaguirre (el dinero de Virgilio manaba de un buen panal que muchos zánganos de las finanzas y otros blanqueos elegían para revolotear a su alrededor; por otra parte, la presencia de ella no dejaba indiferente a nadie y todos la deseaban: «¿Qué le habrá visto al Virgilio esta tía?», era una pregunta habitual en los corrillos donde perfectamente podían intercambiar opiniones un banquero de logo con fondo rojo o púrpura o azul, un empresario de barcos con un despacho de 150 metros cuadrados tocando el firmamento en el rascacielos más alto de la ciudad, un promotor inmobiliario poseedor de doce campos de golf, un industrial con petróleo corriéndole por las venas y el secretario de Hacienda de una Comunidad Autónoma diciendo que sí a todo con la cabeza).

Como una reina erótica, Rita paseaba su apetitoso cuerpo entre toda esa selecta camarilla de seres humanos privilegiados: le encantaba ver cómo los hombres no podían evitar volver la cabeza para mirarla con deseo, «para comerme con los ojos», y cómo las otras mujeres la envidiaban llamándola algo que, en vez de enojarla, la encandilaba: «esa calientapollas».

Sin formación, era una mujer maleducada, que hacía uso continuo de palabras malsonantes. Tenía una conversación escasa, toda ella salpicada de trivialidades; pocos temas le interesaban, le aburrían quizá porque no sabía analizarlos. Pero… ¿qué hombre de este mundo no se iba a permitir el lujo de poseer y gozar de semejante mujer?: era el modelo de la amante perfecta para disfrutarla en solitario, mujer madura inmersa en la edad de la eterna juventud .

No gozó nunca haciendo el amor con el marido, bien lo sabía ella, pero, a base de repetirlo un día sí y otro no, aquéllo se convirtió en un trance doméstico que soportaba pensando en sus cosas, al tiempo que fingía unos perfectos orgasmos a base de escandalosos gemidos que paraban el vuelo de las moscas.

En cuanto a la fidelidad hacia él, no tuvo valor de buscarse un amante real: le traicionó durante estos veinte años sólo en sueños eróticos en los que un hombre esculpido en la imaginación se metía en su cama y la amaba sin pedirle nada a cambio.
Tal vez por miedo a perdelo todo, tal vez por falta de iniciativa, ella se conformaba dando rienda suelta a tórridos pensamientos con los que distraía su desasosiego permanente y se aliviaba por momentos de ese desamor crónico hacia su marido. Se había inventado un hombre interesante y hermoso con el que hacía el amor durante horas y con el que lograba «olvidar absolutamente todos los polvos que me ha echado mi Virgilio». Su pensamiento galopaba a lo largo y ancho del hombre que la amaba sin más porque ella le amaba a él, que lograba hacerla feliz. Y lo creó a su imagen y semejanza: era abrir la ventana de su pensamiento y ahí estaba él, un ser masculino en estado puro, el amante que moldeó con el regocijo y el capricho de su deseo el primer día, ese hombre al que cambió de color de ojos varias veces hasta acabar eligiendo un verde grisáceo, terminando por aceptar que su estatura serían los 186 centímetros, del que dudó del tipo de cabello hasta que por fin se decantó sin estar convencida por un moreno algo ondulado, al que le vistió y le desnudó tantas veces para ver si le seguía gustando el color bronceado de sus músculos que en algún momento él perdió hasta la erección: «¡qué grande tienes la picha, incluso sin estar tiesa!», le hablaba ella en voz alta en mitad del silencio de la casa, disfrutándole desde la profundidad de su mente obtusa y desvalida.
Su delirio era más que una fantasía. Su amante inventado se había convertido en una presencia viva que la tenía como atolondrada. Era tan real que ella hasta le rogó en tantas ocasiones, ruborizada, que la esperase en la cama mientras iba un momento al baño: y estando sola, como estaba, cerraba la puerta con el pestillo para que él no tuviera la tentación de entrar y la viera sentada en la taza orinando.


Virgilio García era todo lo contrario a ese amante soñado. No era nadie en la cama. Ni siquiera para darle hijos, le acusaba ella en silencio. Inculto, se había instruido con revistas y películas pornográficas –no escatimaba dinero en ellas–, utilizadas como guía «para hacerte más feliz aún de lo que ya eres», le decía con su orgullo de macho poderoso. Pero, cerril, no supo utilizar toda esa riqueza visual y terminó usando a su mujer más que amándola, sin tener en cuenta los deseos de ella, en un rito que se repetía en actos que eran idénticos los unos a los otros, donde no se daba pie a la imaginación.

El hermosísimo cuerpo de Rita Altolaguirre, toda la sensualidad que transmitía, se desperdiciaba cuando él, echado bocarriba en la cama, con los ojos cerrados y gimoteando palabras obscenas, dejaba que ella le succionase su miembro viril, más bien de tamaño pequeño, para ponerlo «en perfecta forma» (era lo que más le gustaba, aseguraba a quien quería escucharle) y luego proceder a una penetración lenta que duraba entre tres y cinco minutos. La mujer accedía en una chupe y chupe aburrido y sin ritmo que se alargaba hasta que su marido optaba por cambiar de postura para «perforarla» con movimientos eléctricos de sus nalgas: a veces ella tuvo que morderse sus labios pulposos para no romper en carcajadas todo ese acto estúpido: «Virgilio García, eres un conejo que no tiene ni puta idea de meterme tu pollita», le decía mentalmente. Luego él eyaculaba, sin percatarse nunca que Rita no había sentido ni el más mínimo atisbo de placer. Así era siempre.

No sintió asco de él hasta el día 9 de abril. No le amaba, y mucho menos le deseaba, pero no había sentido repulsa hacia él hasta ese día.
Se había acostumbrado a la forma de comer de Virgilio García, al color de sus camisas, a la «mala facha» que le daban los carísimos trajes que los dos habían elegido juntos en las «sastrerías» más sofisticadas, a la forma petulante de hablar y dirigirse a los demás, al dinero que les «llovía a mares» del negocio. Pensaba mal de él con palabras soeces, pero hasta este día había sabido fingirlo haciendo uso de la más extraordinaria hipocresía.


                                                                            ****

El día 9 de abril el desprecio de Rita hacia su marido se enlazaba con el deseo urgente de serle infiel con un hombre de verdad. Una fuerza nueva la empujaba a salir a la calle y encontrar de una vez por todas al amante con el que tanto había soñado despierta, de ser poseída hasta delirar de gozo. Ahora necesitaba algo más que imaginar un hermoso cuerpo masculino, desnudo, estremecido con el placer que le provocaba el suyo cuando ambos se entregaban a los abrazos, se comían con los ardientes besos, cuando la penetraba por fin, «¡ay!, con un enorme miembro que en nada se parece al de ése»… Necesitaba morder la carne del tipo que, estaba segura, esperaba galantemente a que ella le permitiese acceder a ese inmenso potencial de sexo y amor que rebosaba por todos los poros de su belleza.
Rita Altolaguirre consciente de su soledad, aferrada a la ilusión de encontrar a su amante lo antes posible, se duchó y perfumó, se puso la lencería más sugerente que tenía –el color negro era ideal para un primer encuentro–, eligió un vestido que realzaba más si cabe su estupenda figura, y salió dispuesta a cambiar su vida, con un candor que la habría arrojado al pozo negro de una profunda depresión si ese deseo no se hubiera materializado.


Ocurrió junto a la barra del café donde tomaba el desayuno todos los días. El mismo hombre que había esculpido en su imaginación se acercó a hablarle con la misma voz varonil que ella había escuchado tantos días, meses y años en su imaginación, le susurraba sin pudor las mismas palabras de amor y deseo, idénticas a las que le estremecieron de placer en el cobijo de su soledad. «Es él». Ella se rindió fingiendo una coqueta resistencia, enamorada, a los deseos del hombre sin dar importancia a las miradas de todos los que llenaban a rebosar la cafetería, mujeres sobre todo, que no perdían detalle de ese «lío» que estaba gestándose en un lugar tan aburrido como aquel en el que se encontraban y donde ella era conocida hasta este día como persona fiel a su pareja, a pesar de que se mostrarse como mujer despampanante, descarada y de mediocre comportamiento social. «Si ella no tuviera esa lengua malhablada…», decían las envidiosas.
Cuando el hombre, rompiendo insolente el invisible hilo de la discreción, la mordisqueó en el lóbulo de una oreja, algunas mujeres no pudieron reprimir beberse violentamente de un trago el café con leche de su desayuno. Era la primera vez que se le veía por allí –a ese «pedazo de tío», como lo calificaron la mayoría de las que presenciaron el encuentro–. «Y la Rita lo ha cazado…, la muy puta», comentó alguna que no la podía ni ver y que no gozaba de la belleza ni del cuerpo, salvaje y perfecto, de la nueva «adúltera». «Mucho sexo despilfarra, pero de seso nada de nada, la marrana», sentenciaba al fin, iluminada con una frase que calificaba de muy original y de alto matiz intelectual, justificando o su envidia o el poco interés que ella despertaba en los camareros o en otros hombres que por allí pasaban a esa hora.


                                                                            ****
 
Se fueron a la casa de él abrazados y haciéndose arrumacos calle abajo, en esa mañana del nueve de abril, de sol y nubes que pasaban veloces, hinchadas y barrocas, recortándose bajo la inmensidad de un cielo limpio de azul puro. «Qué cerca vives de mí», le dijo ella sorprendida y alertada porque se acercaban cada vez más hacia la calle donde ella vivía. «Más cerca de lo que tu te puedas imaginar», le confesó el hombre, apretándola más contra él y consiguiendo así que Rita no reflexionase sobre el comentario, aunque era difícil que pudiera centrar la atención en otros pensamientos que no tuvieran que ver con el apetito sexual que le había abierto él: Rita flotaba en una de esas nubes de primavera, de caprichosa forma, preñada de optimismo y sensaciones nuevas, esa nube que por fin cruzaba el cielo de su existencia.


Autor: Mariano García. Todos los derechos reservados

domingo, 9 de diciembre de 2012

El punto filipino

Horacio Sirico pregunta a Antonio Puñal la edad a la que se jubila un policía, como si la pregunta no viniera a cuento. “Ni idea, yo treinta y siete aún”, contesta el comisario mirando al subinspector con la desabrida expresión de un hombre al que han vertido sobre él una lata de alquitrán, no pudiendo evitar la incómoda sensación de sentir como sobre su cabeza se ha muerto un enorme murciélago que se escurre y va invadiendo su cuerpo.
-Los años que usted tiene no me interesan, a mí lo único que me importa es el principio de mi vejez. La pregunta era honesta…
- ¡Yo qué sé!, sólo veo negro, ¡qué oscuro está todo!, coño, y tú preguntando que a qué edad se jubila un policía… ¡pues a la que le salga de los cojones!

Esta noche han matado a un hombre en el callejón de los filipinos y Horacio Sirico está haciendo una verdadera obra de arte con la tiza: silueta en tiza sobre fondo asfalto. “Pintura matérica, diría yo, aunque en esta ocasión se acerca al Art brut”. Habla en voz alta, orgulloso y megalómano, para que lo escuche quien quiera de los muchos que se han arremolinado para ver más al muerto que al policía que trajina en cuclillas, afanado en su tarea de pintor oficial de la institución armada: “no puedo contar las veces que mis obras se han visto enriquecidas con el color moribundo de una hoja de árbol caída o una colilla de cigarrillo aplastada o un papel charolado de caramelo o una deyección de perro, pero lo que me está saliendo hoy ni el en Ateneo Art Gallery, en la Katipunan Road de Manila, se puede admirar: un filipino matado a cachiporrazos.

El comisario Puñal no soporta la idea de abrir una investigación profesional y concienzuda
                  –él es un funcionario burócrata de despacho con miras a ser amo y señor de otro despacho de unas dimensiones (“con uno así me conformo, ¡coño que sí!”) que podrían oscilar entre las de una pista de tenis y las de una piscina olímpica (con mesa de nogal al fondo): “qué coño, en los despachos grandes se resuelven los crímenes con dos papeles y una llamada de teléfono”-
                  y desea zanjar todo este asunto del filipino archivándolo cuanto antes, clasificado como un simple ajuste de cuentas entre delincuentes orientales, y los delincuentes orientales “ya sabe usted, mi querido señor ministro, ellos a lo suyo…, porque nosotros los polis…, la autoridad quiero decir…, aquí poco tenemos que hacer, qué coño, y menos si son filipinos, menudos puntos filipinos son los filipinos…”; pero el muerto está arrojado sobre el asfalto y es inevitable que los vecinos del callejón y aledaños no estén excitados, como el propio Puñal –a pesar suyo-, que ya ha visitado en esta sola ciudad a más de ciento setenta y tres muertos asesinados, aunque de todos ellos sólo éste matado a cachiporrazos.

Horacio Sirico: “El arma homicida, la cachiporra asesina, debe ser de madera de boj: la madera de boj es muy buena para hacer cucharas, barcas y cachiporras, cortitas, como las que llevan los polis uniformados de las películas de Chicago de los años treinta, señor Puñal”,

“¿a qué edad nos jubilamos los polis?”

“Debe ser una cachiporra rematada con una bola ornamental por la zona más fina, es decir por donde se agarra; esa esfera tal vez esté taladrada para que hayan podido introducir por el orificio la cuerda, correa o cadenita que el manipulador acopla en su muñeca. El nuestro es diestro, perfectamente se ve que la primera hostia le vino a la víctima de frente y por su lado izquierdo, golpeó de forma limpia, como si el arma hubiera llegado volando con una violencia diferente a cuando tienes la inseguridad de que el palo se te puede escapar de la mano. Tal vez el asesino no haya sido un filipino y sí un japonés, porque el boj, metidos en el terreno de la jardinería
(a la que yo dedicaré una parte de mi tiempo cuando me jubile, señor comisario),
                 ya venía usándose en el milenario Japón, además de la Grecia y la Roma antiguas, dato éste que deben conocer ustedes…”.

El alquitrán le cae al comisario Antonio Puñal por los hombros y le resbala por el pecho y la espalda hacia el culo, hacia las ingles.

Sirico piensa en voz alta, con el público callado formando un semicírculo a su alrededor, trabajando con oficio la silueta del muerto, en tanto que su cabeza pergeña ocurrencias que se le amontonan unas sobre otras en un esbozo muy personal de investigación del crimen al que él ya ha bautizado, nada más tocar la tiza en el asfalto, justo al lado de un zapato mocasín marrón (siempre empieza a dibujar al muerto por el pie izquierdo, es una costumbre…): El caso del punto filipino, lo ha llamado.

Antonio Puñal: “Cuando esta brea me llegue a los güevos, me los ponga más negros de los que ya son, guardia Horacio, te voy a pegar cuatro tiros con mi pistola no reglamentaria 9 mm Pietro Beretta. ¡Dibuja y calla, coño!” Horacio Sirico considera un insulto muy desagradable que le llamen guardia y Antonio Puñal lo utiliza en los momentos de extrema realidad:
“Si usted viera más coños, no diría tanto coño, señor comisario”, dice una señora de unos setenta y tres años. “El señor Sirico es un pintor muy interesante, muy interesante, ¿cuánto le falta para jubilarse, joven Horacio?”

Horacio Sirico: “Grandes maestros del arte de los siglos precedentes, por no contar los casi todos de éste, tenían otros oficios, porque la pintura no les daba para comer, claro está, e incluso alguno pudo ser alguacil o policía, como yo, deseoso también de que le llegara pronto la jubilación para retomar la dulce juventud tan despilfarrada
(como todos los hombres que la perdieron, añoro la fuente de los pecados que manaban alegres y perezosos aquellos lejanos y luminosos días de la juventud)
y saborear de nuevo aquello que tan alegremente arrojé a la insolencia de la madurez,
señora,
y dejar de una vez por todas de soportar a jefes como mi querido jefe, aquí presente el señor Puñal, un hombre tan perturbado y tan deprimido por sus obsesiones de poder”.


“Don Giorgio es mi maestro, ¡cuánto le admiro!… pero miren, miren como se desliza la tiza por la rugosidad del asfalto, que maravilla realiza en la curva de este codo… Esta obra mía de hoy está evocando un ambiente sombrío y abrumador. Los pinceles de aquel hombre, me refiero a los de don Giorgio, pintando arquitectura plasmaban pura emoción, universo límpido; miren este sucio callejón, fíjense en las perspectivas, fíjense en ustedes envueltos en sombras, umbríos personajes a la orilla de este crimen”.
“Señora, permítame que le diga, es una nueva teoría del arte la que yo estoy trazando con mi tiza. El filipino muerto es un trofeo, simplemente, un motivo para pintar, como pintaban los hombres rupestres sus piezas de caza en la roca cruda de sus cuevas; ¡qué arte aquel!, siluetas al fin y al cabo, y qué poco hemos evolucionado hasta hoy”.

- “No me toques los cojones, Sirico, coño, no me toques los cojones…”

Horacio Sirico: “Grandes maestros del arte tenían otros oficios y alguno pudo llegar a ser policía, como yo…”
Sirico habla sin ton ni son sobre sus pasiones artísticas, se zambulle en cuestiones metafísicas, pero en el trasfondo de su perorata –es la mejor manera que él tiene de investigar- hay un batiburrillo de pensamientos intentando buscar vanos de luz que le iluminen en el caso del filipino asesinado: “palabras que me desbrozan el boj de este misterio, digo”.
- No es tu cometido, guardia Sirico, descubrir al asesino, tú pinta y calla, coño, el muerto muerto está , y no me deprimas más de lo que yo ya estoy, no puedo ni respirar por culpa de esta costra negra que me invade como una noche.
- Más deprimido que usted está el punto filipino, señor Puñal, y no se queja. Un hombre que ha sido matado con una cachiporra japonesa tiene mucho de romántico… y de melancólico.


ENSOÑACIÓN DE UN FUTURO LUMINOSO Y NO LEJANO.
REALIDAD DE UN NEGRO PRESENTE DE CALLEJÓN

A Puñal le encantaría ser partícipe de una escena así, en su despacho de pez gordo: “Señor comisario jefe, aquí le traigo la solicitud del cambio inmediato de destino del subinspector de policía Horacio Sirico, ese gilipollas que heredé de usted en la comisaría, que no se termina de jubilar nunca, el que pinta las siluetas de los muertos matados, el que tanto le desagradaba cuando usted tan honrosamente ocupaba el puesto que yo ocupo hoy
(¡qué buen comisario fue usted, que listón tan alto dejó en esta necesaria y santa institución armada, señor!)
y que, como a usted le sucediera, tanto me irrita a mí con sus petulancias de artista”…

Pero esa demanda de su sustituto no existe, sólo es una simple ensoñación, Puñal no está sentado en un flamante despacho de pez gordo, sigue aquí, en el callejón de los filipinos, de pie, fastidiado y goteando una inmensa negrura
“(si es que lo mío no es estar en la calle, coño, lo mío es una piscina olímpica con mesa de nogal al fondo, sin asesinatos ordinarios, sólo con “muertos políticos”, los justos y necesario sobre la misma, nada más…: Señor ministro, me acaba de llegar el asunto de los filipinos…, pero todo está resuelto, dos llamadas de teléfono, cuatro carpetazos, un par de funcionarios expedientados y ya está…, qué coño).
Para el comisario puñal lo más cierto de su vida en este momento es esperar con impaciencia a que termine su tarea Horacio Sirico, aguardar anegado en esta pasta negra que le moldea una tristeza infinita. Esperar a que venga el juez de una vez y se lleven al filipino…
- Eh, Puñal, ¿cuánto queda para que me jubile?
- No lo lograrás hasta después de que venga el señor juez, ¡coño ya!
- Cuando yo me vaya, usted me va a echar de menos, ¿quién le va a pintar mejor que yo estos asesinados. Pero… ¿Y esto?, … amigo, amigo, amigo… ¿Pero qué nos estamos encontrando aquí…?, …bueno, bueno, bueno… Si se fija bien, mire aquí, agáchese y mire aquí, donde la carnicería: parece como si fueran golpes asestados por mujer.
- …......................………………………………………………………………………………………
- Una mujer machacó el cráneo de este hombre.
Un murmullo se agita entre el público presente, se respira una especie de incomodidad recién estrenada.
- A este filipino le ha matado una mujer con una cachiporra de boj… ¿Ha visto, señora, hasta donde nos puede llevar el arte? Mi tiza, y no me pregunte el porqué, me dice que ha sido una mujer la autora del crimen.
- ¿Por qué, señor Sirico, por qué dice usted que hemos podido ser una mujer?


EL PÚBLICO ASISTENTE ADQUIERE SU CUOTA DE PROTAGONISMO


Sirico: ¿A que ninguno de ustedes, señores míos, sabe cómo se llama nuestro filipino muerto? Usted, caballero, por sus rasgos físicos parece filipino, ¿no le conoce?; señora, usted es filipina de raza, ¿no sabe su nombre? Señorita….
Y la señorita es una bellísima hembra oriental.
A Horacio Sirico se le cae la tiza, hace clac y se parte en dos justo al lado del dedo meñique de la mano izquierda de la silueta, dejando impreso un perfecto punto blanco sobre fondo asfalto. “líndísima juventud, te pintaría con un trazo infinito de luz…”, balbucea mientras abre su maletín y extrae otra tiza intacta, de blanquísimo yeso.

Sirico: “Qué punto, qué punto… que conste en el informe ese punto que la belleza de esta hermosísima joven ha inspirado a la tiza rota, estampándolo tan apropiadamente junto al cadáver, no pertenece a la anatomía del asesinado, pero sí que es el punto de partida que esclarece el caso del punto filipino”

Puñal: “Ya no vales ni para sujetar la tiza, coño”.
Sirico: “¿De qué color es la felicidad que usted, señorita, puede regalar a un hombre?” ¿No sería este filipino su hombre?”
Señorita filipina: “Yo…”
Señora de unos setenta y tres años: “¿Por qué dice usted que a Danilo Pula lo ha matado una mujer?”
Puñal: “Coño, Pula… Con que sabemos su nombre y nadie abría el pico”
Sirico: “Hasta que no se me ha caído la tiza…”
Señora de unos setenta y tres años: “Es que como le vemos a usted tan deprimido señor comisario, si le decimos que nuestro muerto es Danilo podría haberle incitado a hacer alguna barbaridad que atente contra los intereses de la comunidad filipina…”
Puñal: “¡Cállese, coño, señora! O la incrimino y cierro el caso. Al fin y al cabo a ese lo ha matado una mujer…”

Sirico: “¡Entonces me da la razón, querido señor comisario! El respetable debe saberlo y debería grabárselo: En esta fecha, al amanecer en el callejón de los filipinos del día 9 de abril del 73 del siglo XX d.C., Antonio Puñal, de profesión comisario de policía con pretensiones a más, reconoce que el pintor del cuerpo armado, guardia nº 73937, Horacio Sirico tiene razón”.


RESOLUCIÓN DEL CRIMEN…, SIN MÁS

“Yo…
Mi nombre es Belisa Bungay y ese hombre que ahí está matado es Danilo Pula. Confieso que soy su asesina”.

“Digo que soy culpable. Señor comisario, le digo que ya nada tiene que investigar aquí, detesto el olor a brea que despide su cuerpo. Es cierto que a Danilo Pula lo ha matado una mujer diestra con una cachiporra de madera de boj.
Yo”.

“Y a usted, señor Sirico, por favor le pido que sea tan amable de mandarme una fotografía de esta silueta a la celda donde perderé mi juventud. No la deseo por Danilo, que era un perfecto hijo de puta filipino, sino por usted. Señor Sirico dibuja tan maravillosamente bien que no puedo evitar proclamarme como la culpable de esta muerte, yo soy la única responsable de la obra de arte que usted ha creado en este oscuro callejón: “Silueta en tiza sobre fondo asfalto”.


Antonio Puñal: “¡Vaya pico que tiene, coño!, ¡se quiere callar y dejarse detener sin tanta verborrea!”
Señora de unos setenta y tres años: “Belisa… ¿estás segura de que no estás loca?”
- Ella lo hizo –dice una voz filipina desde el otro lado de un balcón oscuro.
- Ella lo hizo –se oye un coro filipino-.
- Ella lo arrojó al callejón de los filipinos.
- Yo lo hice…

“Mi nombre es Belisa Bungay y he matado a este hombre con una cachiporra de boj japonés. No necesita investigar nada, señor Puñal, en este bolso la he metido y usted podrá comprobar que es el arma de mi crimen. Y su investigación ha concluido. Su subordinado ha sido tan certero y es tan artista…

Señora de unos setenta y tres años: “A lo mejor te llevan a una institución psiquiátrica y te libras del presidio, Belisa”.
Horacio Sirico: “Señorita Bungay, ¿le envío también los trozos de tiza con que he siluetado la muerte de Danilo Pula?”

“Mi nombre es Belisa Bungay y tenía que matar a un hombre para descubrirle a usted, señor Horacio. Yo soy la culpable. Y soy feliz: porque usted, como un jovencito tarambana, como un puntito filipino que es, me ha hecho entrega del Arte. Mi color de la felicidad es su blancura. Déjeme que bese su mano manchada de tiza, señor Sirico. Si me asesinan, aunque ya esté jubilado, le ruego que venga desde allí dónde esté bebiendo de esa juventud que tanto anhela volver a saborear y pinte mi silueta. Y usted, Puñal, anéguese en la viscosa y negra pringue de ese murciélago que tiene muerto en la cabeza”.





Autor: Mariano García. Todos los derechos reservados

domingo, 2 de septiembre de 2012

Der Prozess

El encabezamiento o titular de esta nota, porque lo vamos a dejar en una simple nota, está en alemán y significa El Proceso. Y se refiere a una obra literaria. Según la wikipedia, «El proceso (título original alemán: Der Prozess) es una novela inacabada, publicada de manera póstuma en 1925 por Max Brod, basándose en el manuscrito inconcluso de Kafka. En el relato, Josef K. es arrestado una mañana por una razón que desconoce. Desde este momento, el protagonista se adentra en una pesadilla para defenderse de algo que nunca se sabe qué es y con argumentos aún menos concretos, tan solo para encontrar, una y otra vez, que las más altas instancias a las que pretende apelar no son sino las más humildes y limitadas, creándose así un clima de inaccesibilidad a la 'justicia' y a la 'ley'».

El escritor checo sólo pudo disfrutar en vida (si es que este hombre podía disfrutar de algo) de ver editadas sólo algunas de su obras (seguimos documentándos de la Wikipedia...). La mayor parte de su creación, incluyendo trabajos incompletos, fue publicada por su amigo Max Brod (antes mencionado), quien ignoró los deseos del autor de que los manuscritos fueran destruidos: totalmente y, afortunamente, kafkiano, decimos nosotros, ya que el tal Brod se adueña de alguna manera de una magnífica obra que su autor menosprecia (o no le da importancia).

Dicho lo anterior, asegurar que uno es lector acérrimo de literatura desde la infancia es una petulancia, lo sabemos, pero ahí queda el dato: al fin y al cabo, uno está orgulloso de leer mucho y bueno (con mucho esfuerzo los libros escritos por Kafka, y en castellano porque desconocemos el idioma alemán, pero entusiasmados al final), como otros se jactan de haber follado mucho.

Como lectores, las librerías son nuestros templos; esos objetos magníficos que allí se venden nos invitan a que los palpemos, nos rocían con su fragancia, nos seducen... Y nos pasamos las horas muertas revolviendo títulos, reencontrándonos con viejos conocidos y descubriendo nuevos personajes que se enconden entre las páginas de esos libros que no piden más a cambio que el ser leídos con sinceridad, pero ofreciéndonos todo lo que tienen: el conocimiento, la belleza, la libertad...

Las librerías del siglo XXI son tiendas muy bonitas. Suelen ser pequeños establecimientos, pero hay algunas enormes que tienen muchos empleados (afortunadamente) y estos libreros son personas muy singulares, que intentan estar a la altura del lugar al que representan, son el recurso de los indecisos, incluso nos pueden ayudar a encontrar lo que no buscábamos, son amables, también consejeros, informadores de novedades literarias (algunos)... Y son cultos.

Había una empleada ayer, uno de septiembre de 2012, muy guapa, en la sección de novedades de una de estas macro librerías, hablando de literatura con otra empleada (no es anormal oir hablar de literatura en un lugar donde venden libros). Cuando pasábamos junto a ellas se nos ocurrió pensar que en todas las librerías españolas había dos títulos que sobresalen en sus estantes más que otros: el comprador de libros, antes o después, termina chocando con ellos, con "Los renglones torcidos de Dios" y "Los pilares de la Tierra" (que el lector haga el juicio crítico que considere oportunos sobre estos best seller, cada uno es libre de leer lo que le dé la gana): uno no sabe por qué pero ahí están, ensombreciendo un poco a los magníficos títulos que conviven con ellos...
Y nos estábamos adentrando en una especie de atmósfera kafkiana:
Nosotros reflexionábamos que "Los renglones torcidos de Dios" y "Los Pilares de la Tierras" (dos novelas que no nos gustan) perturbaban nuestra visita a la librería, mientras que las libreras hablaban de literatura que se vende en español pero, a título personal, preferían ser lectoras en otro idioma (¡quién pudiera conocer tantas lenguas como libros hay publicados en ellas!): "Hay autores que no puedo leer en castellano" "Yo tampoco" "El Proceso (suponemos que es el de Kafka) soy incapaz en castellano" "Yo tampoco" "Yo y Jean Paul lo hemos leído en francés" (silencio de la otra).
Por nuestra parte, nos hubiera encantado leer El Proceso en alemán, pero no sabemos alemán: lo leímos en el castellano de una barata edición mexicana cuando éramos adolescentes y nos gustó tanto que buscamos en esa misma editorial "El Castillo" y "Carta al padre" ("La metamorfosis" ya la habíamos leído antes...).
La conversación de las empleadas de la librería nos hizo sonreir y nuestra "pedantería" de lectores afloró y nos incitó a ser malvados:
— Oiga, ¿tienen "Los renglones torcidos de Dios" en alemán?  –preguntamos–.
— ¿Cómo dice? –me pregunta a su vez, una de las dos, mirándome como si yo fuera Gregorio Samsa.
— Es que no soporto leer a Torcuato Luca de Tena en castellano.

lunes, 18 de junio de 2012

manifiesto en minúsculas

no desprecie las minúsculas de la cultura.
¡viva intensamente las minúsculas de su vida!
lea libros:

los libros son de papel,
algunos ilustrados,
otros no ilustrados,
si bien ya los hay digitales.

hay libros muy viejos
y hay libros muy jóvenes.
unos son novelas,
otros ensayo,
otros poesía...
¡los relatos breves!
también puede leer teatro.

lea libros,
aunque a nadie le importe,
aunque le maten
los libros...