Horacio Sirico pregunta a Antonio Puñal la edad a la que se jubila un policía, como si la pregunta no viniera a cuento. “Ni idea, yo treinta y siete aún”, contesta el comisario mirando al subinspector con la desabrida expresión de un hombre al que han vertido sobre él una lata de alquitrán, no pudiendo evitar la incómoda sensación de sentir como sobre su cabeza se ha muerto un enorme murciélago que se escurre y va invadiendo su cuerpo.
-Los años que usted tiene no me interesan, a mí lo único que me importa es el principio de mi vejez. La pregunta era honesta…
- ¡Yo qué sé!, sólo veo negro, ¡qué oscuro está todo!, coño, y tú preguntando que a qué edad se jubila un policía… ¡pues a la que le salga de los cojones!
Esta noche han matado a un hombre en el callejón de los filipinos y Horacio Sirico está haciendo una verdadera obra de arte con la tiza: silueta en tiza sobre fondo asfalto. “Pintura matérica, diría yo, aunque en esta ocasión se acerca al Art brut”. Habla en voz alta, orgulloso y megalómano, para que lo escuche quien quiera de los muchos que se han arremolinado para ver más al muerto que al policía que trajina en cuclillas, afanado en su tarea de pintor oficial de la institución armada: “no puedo contar las veces que mis obras se han visto enriquecidas con el color moribundo de una hoja de árbol caída o una colilla de cigarrillo aplastada o un papel charolado de caramelo o una deyección de perro, pero lo que me está saliendo hoy ni el en Ateneo Art Gallery, en la Katipunan Road de Manila, se puede admirar: un filipino matado a cachiporrazos.
El comisario Puñal no soporta la idea de abrir una investigación profesional y concienzuda
–él es un funcionario burócrata de despacho con miras a ser amo y señor de otro despacho de unas dimensiones (“con uno así me conformo, ¡coño que sí!”) que podrían oscilar entre las de una pista de tenis y las de una piscina olímpica (con mesa de nogal al fondo): “qué coño, en los despachos grandes se resuelven los crímenes con dos papeles y una llamada de teléfono”-
y desea zanjar todo este asunto del filipino archivándolo cuanto antes, clasificado como un simple ajuste de cuentas entre delincuentes orientales, y los delincuentes orientales “ya sabe usted, mi querido señor ministro, ellos a lo suyo…, porque nosotros los polis…, la autoridad quiero decir…, aquí poco tenemos que hacer, qué coño, y menos si son filipinos, menudos puntos filipinos son los filipinos…”; pero el muerto está arrojado sobre el asfalto y es inevitable que los vecinos del callejón y aledaños no estén excitados, como el propio Puñal –a pesar suyo-, que ya ha visitado en esta sola ciudad a más de ciento setenta y tres muertos asesinados, aunque de todos ellos sólo éste matado a cachiporrazos.
Horacio Sirico: “El arma homicida, la cachiporra asesina, debe ser de madera de boj: la madera de boj es muy buena para hacer cucharas, barcas y cachiporras, cortitas, como las que llevan los polis uniformados de las películas de Chicago de los años treinta, señor Puñal”,
“¿a qué edad nos jubilamos los polis?”
“Debe ser una cachiporra rematada con una bola ornamental por la zona más fina, es decir por donde se agarra; esa esfera tal vez esté taladrada para que hayan podido introducir por el orificio la cuerda, correa o cadenita que el manipulador acopla en su muñeca. El nuestro es diestro, perfectamente se ve que la primera hostia le vino a la víctima de frente y por su lado izquierdo, golpeó de forma limpia, como si el arma hubiera llegado volando con una violencia diferente a cuando tienes la inseguridad de que el palo se te puede escapar de la mano. Tal vez el asesino no haya sido un filipino y sí un japonés, porque el boj, metidos en el terreno de la jardinería
(a la que yo dedicaré una parte de mi tiempo cuando me jubile, señor comisario),
ya venía usándose en el milenario Japón, además de la Grecia y la Roma antiguas, dato éste que deben conocer ustedes…”.
El alquitrán le cae al comisario Antonio Puñal por los hombros y le resbala por el pecho y la espalda hacia el culo, hacia las ingles.
Sirico piensa en voz alta, con el público callado formando un semicírculo a su alrededor, trabajando con oficio la silueta del muerto, en tanto que su cabeza pergeña ocurrencias que se le amontonan unas sobre otras en un esbozo muy personal de investigación del crimen al que él ya ha bautizado, nada más tocar la tiza en el asfalto, justo al lado de un zapato mocasín marrón (siempre empieza a dibujar al muerto por el pie izquierdo, es una costumbre…): El caso del punto filipino, lo ha llamado.
Antonio Puñal: “Cuando esta brea me llegue a los güevos, me los ponga más negros de los que ya son, guardia Horacio, te voy a pegar cuatro tiros con mi pistola no reglamentaria 9 mm Pietro Beretta. ¡Dibuja y calla, coño!” Horacio Sirico considera un insulto muy desagradable que le llamen guardia y Antonio Puñal lo utiliza en los momentos de extrema realidad:
“Si usted viera más coños, no diría tanto coño, señor comisario”, dice una señora de unos setenta y tres años. “El señor Sirico es un pintor muy interesante, muy interesante, ¿cuánto le falta para jubilarse, joven Horacio?”
Horacio Sirico: “Grandes maestros del arte de los siglos precedentes, por no contar los casi todos de éste, tenían otros oficios, porque la pintura no les daba para comer, claro está, e incluso alguno pudo ser alguacil o policía, como yo, deseoso también de que le llegara pronto la jubilación para retomar la dulce juventud tan despilfarrada
(como todos los hombres que la perdieron, añoro la fuente de los pecados que manaban alegres y perezosos aquellos lejanos y luminosos días de la juventud)
y saborear de nuevo aquello que tan alegremente arrojé a la insolencia de la madurez,
señora,
y dejar de una vez por todas de soportar a jefes como mi querido jefe, aquí presente el señor Puñal, un hombre tan perturbado y tan deprimido por sus obsesiones de poder”.
“Don Giorgio es mi maestro, ¡cuánto le admiro!… pero miren, miren como se desliza la tiza por la rugosidad del asfalto, que maravilla realiza en la curva de este codo… Esta obra mía de hoy está evocando un ambiente sombrío y abrumador. Los pinceles de aquel hombre, me refiero a los de don Giorgio, pintando arquitectura plasmaban pura emoción, universo límpido; miren este sucio callejón, fíjense en las perspectivas, fíjense en ustedes envueltos en sombras, umbríos personajes a la orilla de este crimen”.
“Señora, permítame que le diga, es una nueva teoría del arte la que yo estoy trazando con mi tiza. El filipino muerto es un trofeo, simplemente, un motivo para pintar, como pintaban los hombres rupestres sus piezas de caza en la roca cruda de sus cuevas; ¡qué arte aquel!, siluetas al fin y al cabo, y qué poco hemos evolucionado hasta hoy”.
- “No me toques los cojones, Sirico, coño, no me toques los cojones…”
Horacio Sirico: “Grandes maestros del arte tenían otros oficios y alguno pudo llegar a ser policía, como yo…”
Sirico habla sin ton ni son sobre sus pasiones artísticas, se zambulle en cuestiones metafísicas, pero en el trasfondo de su perorata –es la mejor manera que él tiene de investigar- hay un batiburrillo de pensamientos intentando buscar vanos de luz que le iluminen en el caso del filipino asesinado: “palabras que me desbrozan el boj de este misterio, digo”.
- No es tu cometido, guardia Sirico, descubrir al asesino, tú pinta y calla, coño, el muerto muerto está , y no me deprimas más de lo que yo ya estoy, no puedo ni respirar por culpa de esta costra negra que me invade como una noche.
- Más deprimido que usted está el punto filipino, señor Puñal, y no se queja. Un hombre que ha sido matado con una cachiporra japonesa tiene mucho de romántico… y de melancólico.
ENSOÑACIÓN DE UN FUTURO LUMINOSO Y NO LEJANO.
REALIDAD DE UN NEGRO PRESENTE DE CALLEJÓN
A Puñal le encantaría ser partícipe de una escena así, en su despacho de pez gordo: “Señor comisario jefe, aquí le traigo la solicitud del cambio inmediato de destino del subinspector de policía Horacio Sirico, ese gilipollas que heredé de usted en la comisaría, que no se termina de jubilar nunca, el que pinta las siluetas de los muertos matados, el que tanto le desagradaba cuando usted tan honrosamente ocupaba el puesto que yo ocupo hoy
(¡qué buen comisario fue usted, que listón tan alto dejó en esta necesaria y santa institución armada, señor!)
y que, como a usted le sucediera, tanto me irrita a mí con sus petulancias de artista”…
Pero esa demanda de su sustituto no existe, sólo es una simple ensoñación, Puñal no está sentado en un flamante despacho de pez gordo, sigue aquí, en el callejón de los filipinos, de pie, fastidiado y goteando una inmensa negrura
“(si es que lo mío no es estar en la calle, coño, lo mío es una piscina olímpica con mesa de nogal al fondo, sin asesinatos ordinarios, sólo con “muertos políticos”, los justos y necesario sobre la misma, nada más…: Señor ministro, me acaba de llegar el asunto de los filipinos…, pero todo está resuelto, dos llamadas de teléfono, cuatro carpetazos, un par de funcionarios expedientados y ya está…, qué coño).
Para el comisario puñal lo más cierto de su vida en este momento es esperar con impaciencia a que termine su tarea Horacio Sirico, aguardar anegado en esta pasta negra que le moldea una tristeza infinita. Esperar a que venga el juez de una vez y se lleven al filipino…
- Eh, Puñal, ¿cuánto queda para que me jubile?
- No lo lograrás hasta después de que venga el señor juez, ¡coño ya!
- Cuando yo me vaya, usted me va a echar de menos, ¿quién le va a pintar mejor que yo estos asesinados. Pero… ¿Y esto?, … amigo, amigo, amigo… ¿Pero qué nos estamos encontrando aquí…?, …bueno, bueno, bueno… Si se fija bien, mire aquí, agáchese y mire aquí, donde la carnicería: parece como si fueran golpes asestados por mujer.
- …......................………………………………………………………………………………………
- Una mujer machacó el cráneo de este hombre.
Un murmullo se agita entre el público presente, se respira una especie de incomodidad recién estrenada.
- A este filipino le ha matado una mujer con una cachiporra de boj… ¿Ha visto, señora, hasta donde nos puede llevar el arte? Mi tiza, y no me pregunte el porqué, me dice que ha sido una mujer la autora del crimen.
- ¿Por qué, señor Sirico, por qué dice usted que hemos podido ser una mujer?
EL PÚBLICO ASISTENTE ADQUIERE SU CUOTA DE PROTAGONISMO
Sirico: ¿A que ninguno de ustedes, señores míos, sabe cómo se llama nuestro filipino muerto? Usted, caballero, por sus rasgos físicos parece filipino, ¿no le conoce?; señora, usted es filipina de raza, ¿no sabe su nombre? Señorita….
Y la señorita es una bellísima hembra oriental.
A Horacio Sirico se le cae la tiza, hace clac y se parte en dos justo al lado del dedo meñique de la mano izquierda de la silueta, dejando impreso un perfecto punto blanco sobre fondo asfalto. “líndísima juventud, te pintaría con un trazo infinito de luz…”, balbucea mientras abre su maletín y extrae otra tiza intacta, de blanquísimo yeso.
Sirico: “Qué punto, qué punto… que conste en el informe ese punto que la belleza de esta hermosísima joven ha inspirado a la tiza rota, estampándolo tan apropiadamente junto al cadáver, no pertenece a la anatomía del asesinado, pero sí que es el punto de partida que esclarece el caso del punto filipino”
Puñal: “Ya no vales ni para sujetar la tiza, coño”.
Sirico: “¿De qué color es la felicidad que usted, señorita, puede regalar a un hombre?” ¿No sería este filipino su hombre?”
Señorita filipina: “Yo…”
Señora de unos setenta y tres años: “¿Por qué dice usted que a Danilo Pula lo ha matado una mujer?”
Puñal: “Coño, Pula… Con que sabemos su nombre y nadie abría el pico”
Sirico: “Hasta que no se me ha caído la tiza…”
Señora de unos setenta y tres años: “Es que como le vemos a usted tan deprimido señor comisario, si le decimos que nuestro muerto es Danilo podría haberle incitado a hacer alguna barbaridad que atente contra los intereses de la comunidad filipina…”
Puñal: “¡Cállese, coño, señora! O la incrimino y cierro el caso. Al fin y al cabo a ese lo ha matado una mujer…”
Sirico: “¡Entonces me da la razón, querido señor comisario! El respetable debe saberlo y debería grabárselo: En esta fecha, al amanecer en el callejón de los filipinos del día 9 de abril del 73 del siglo XX d.C., Antonio Puñal, de profesión comisario de policía con pretensiones a más, reconoce que el pintor del cuerpo armado, guardia nº 73937, Horacio Sirico tiene razón”.
RESOLUCIÓN DEL CRIMEN…, SIN MÁS
“Yo…
Mi nombre es Belisa Bungay y ese hombre que ahí está matado es Danilo Pula. Confieso que soy su asesina”.
“Digo que soy culpable. Señor comisario, le digo que ya nada tiene que investigar aquí, detesto el olor a brea que despide su cuerpo. Es cierto que a Danilo Pula lo ha matado una mujer diestra con una cachiporra de madera de boj.
Yo”.
“Y a usted, señor Sirico, por favor le pido que sea tan amable de mandarme una fotografía de esta silueta a la celda donde perderé mi juventud. No la deseo por Danilo, que era un perfecto hijo de puta filipino, sino por usted. Señor Sirico dibuja tan maravillosamente bien que no puedo evitar proclamarme como la culpable de esta muerte, yo soy la única responsable de la obra de arte que usted ha creado en este oscuro callejón: “Silueta en tiza sobre fondo asfalto”.
Antonio Puñal: “¡Vaya pico que tiene, coño!, ¡se quiere callar y dejarse detener sin tanta verborrea!”
Señora de unos setenta y tres años: “Belisa… ¿estás segura de que no estás loca?”
- Ella lo hizo –dice una voz filipina desde el otro lado de un balcón oscuro.
- Ella lo hizo –se oye un coro filipino-.
- Ella lo arrojó al callejón de los filipinos.
- Yo lo hice…
“Mi nombre es Belisa Bungay y he matado a este hombre con una cachiporra de boj japonés. No necesita investigar nada, señor Puñal, en este bolso la he metido y usted podrá comprobar que es el arma de mi crimen. Y su investigación ha concluido. Su subordinado ha sido tan certero y es tan artista…
Señora de unos setenta y tres años: “A lo mejor te llevan a una institución psiquiátrica y te libras del presidio, Belisa”.
Horacio Sirico: “Señorita Bungay, ¿le envío también los trozos de tiza con que he siluetado la muerte de Danilo Pula?”
“Mi nombre es Belisa Bungay y tenía que matar a un hombre para descubrirle a usted, señor Horacio. Yo soy la culpable. Y soy feliz: porque usted, como un jovencito tarambana, como un puntito filipino que es, me ha hecho entrega del Arte. Mi color de la felicidad es su blancura. Déjeme que bese su mano manchada de tiza, señor Sirico. Si me asesinan, aunque ya esté jubilado, le ruego que venga desde allí dónde esté bebiendo de esa juventud que tanto anhela volver a saborear y pinte mi silueta. Y usted, Puñal, anéguese en la viscosa y negra pringue de ese murciélago que tiene muerto en la cabeza”.
Autor: Mariano García. Todos los derechos reservados